Promesa cumplida: cruzó los Andes en bicicleta con su hijo con autismo

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Juan Zemborain tiene 45 años y su hijo Santiago 16. El adolescente tiene trastorno generalizado no especificado (TGD), un síndrome del espectro autista, pero además, cuando era un bebé, los médicos le diagnosticaron que carecía de tono muscular y debía entrenarse para poder tener fuerza. Fue este último parte médico lo que llevó a pensar a Zemborain que la mejor forma de suplir este déficit era pedalear.

Santiago tiene trastorno generalizado no especificado, un síndrome del espectro autisita. Además cuando era chico le diagnosticaron que carecía de tono muscular.
Santiago tiene trastorno generalizado no especificado, un síndrome del espectro autisita. Además cuando era chico le diagnosticaron que carecía de tono muscular. Crédito: Instagram – Empujando Límites

«Empezamos con un triciclo, con un karting, luego una bicicleta y desde entonces no paramos.», cuenta.

Y cumplieron también la promesa: cruzaron desde San Martín de los Andes. Los acompañaban camarógrafos y sonidistas, porque iban filmando un documental para el cual están juntando fondos para terminar la edición y poder publicarlo, con el objetivo de generar conciencia sobre el autismo. La concientización es fundamental, según el ciclista, porque es esencial detectar el autismo temprano para estimular rápidamente. «Un año perdido para el autismo es mucho», agrega y por eso también cree que se debería empezar a hablar de autismo desde el colegio.

El viaje fue una travesía. No se salvaron de los percances que puede tener cualquier ciclista profesional: lluvias torrenciales, pinchaduras de gomas y hasta la rotura de la orquídea de la bicicleta que los obligó a tener que hacer un tramo del recorrido a dedo.

Juan y Santiago Zemborain cruzaron la Cordillera de los Andes en la misma bicicleta.
Juan y Santiago Zemborain cruzaron la Cordillera de los Andes en la misma bicicleta. Crédito: Instagram- Empujando Límites

Pero, terminada la promesa, Zemborain asegura: «Lo importante es el camino y no a donde llegás. No me importa a donde pueda llegar Santi, lo único que quiero es que seamos todos felices», comenta.

«Siempre quise ser el mejor padre posible y descubrí la mejor forma de conectarme con Santi a través del ciclismo. Lo siento a través de los pedales, él me habla, se ríe durante todo el viaje. Hay una sensación de equipo. Sacamos lo mejor de cada uno», dice Zemboarain.

Santiago era un chico encorvado, todo laxo, sin tonicidad. Ahora tiene fuerza en las piernas y creció en altura. «Además, la bicicleta y el deporte en general producen endorfinas y eso los hace estar de buen humor, contentos», explica Zemborain, que ya piensa en nuevos destinos para pedalear con su hijo.

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