Noticias del Interior

️ EDITORIAL | «La droga se llevó a mi hijo»: una madre, el dolor y una verdad que duele

La muerte de dos jóvenes en un trágico accidente ocurrido el sábado 12 de julio en la nueva traza de la Ruta Nacional 38 no solo dejó un profundo vacío en sus familias, sino que también destapó una realidad cruda, compleja y muchas veces mal interpretada: el impacto silencioso y destructivo de las adicciones.

Juan Pablo Palavecino y Rocío Soledad Díaz perdieron la vida al chocar el automóvil en el que viajaban contra un camión en jurisdicción de Monteros. Horas más tarde, durante las pericias, se hallaron paquetes con marihuana en el interior del vehículo. Esta información, rápidamente replicada por medios y redes, generó un aluvión de comentarios, especulaciones y juicios públicos.

Frente a esta ola de opiniones, la madre de Juan Pablo rompió el silencio con un mensaje desgarrador en sus redes sociales:

“La droga se llevó a mi hijo”, comienza diciendo. Lo que sigue no es una defensa, sino un testimonio crudo, íntimo, lleno de dolor, pero también de amor y dignidad.

Relata que hace años luchaban como familia para sacar a su hijo del flagelo de las drogas, una batalla que no pudieron ganar. Reconoce con valentía que no sabe con certeza si su hijo transportaba droga, pero también deja en claro que él no vivía con lujos, ni tenía dinero, y que sus padres eran quienes lo sostenían económicamente.

La madre también pidió respeto para la memoria de Rocío, su nuera, a quien describió como una joven que “soñaba con formar una familia” y que estuvo al lado de Juan Pablo acompañándolo desde el amor.

“Ella no tenía absolutamente nada que ver”, escribió. “Siempre le estaré agradecida por haberlo amado y acompañado incondicionalmente”.

Esta carta no es una excusa, ni una justificación. Es una llamada a la reflexión. A entender que detrás de cada caso de adicción hay vidas reales, familias desgarradas, padres que luchan en silencio, y ciclos difíciles de romper, especialmente cuando el negocio del narcotráfico sigue operando impune, atrayendo, usando y descartando personas.

No se trata de ocultar hechos, sino de mirar más allá del prejuicio inmediato, del comentario fácil en redes sociales, del dedo acusador que nunca construye.

El drama de las drogas no es una historia ajena. Es una tragedia que atraviesa barrios, ciudades, generaciones enteras. Es urgente dejar de hablar de adictos como si fueran culpables y empezar a nombrarlos como lo que muchas veces son: víctimas de un sistema mucho más grande, peligroso y despiadado.

Este editorial no pretende limpiar nombres, pero sí honrar el dolor de una madre que, desde lo más profundo de su pérdida, elige hablar con el corazón abierto. Y sobre todo, nos invita a una reflexión que la sociedad todavía se debe: ¿a quiénes estamos señalando, y a quiénes estamos dejando escapar?

Salir de la versión móvil